Roma: la leyenda

Breve descripción de los personajes y acontecimientos más relevantes de la leyenda de la fundación de Roma.

Publicado en  on Enero 29, 2009 at 5:50 pm Comentarios (4)
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Píramo y Tisbe por The Beatles

Píramo y Tisbe eran dos jóvenes que vivían en casas vecinas. Él, Píramo, era un joven de gran belleza; ella, Tisbe, la más hermosa de las muchachas. Se conocían desde pequeños y estaban enamorados el uno del otro, pero sus padres respectivos se oponían a esta relación.

Los enamorados conversaban todos los días a través de un pequeño hueco en el muro del jardín que separaba ambas casas. Se decían ternezas y se prometían amor eterno. Tan sólo podían hablar, pues la rendija no permitía que se dieran besos y ambos se lamentaban. “¿Por qué, pared, eres un obstáculo para nosotros?”, preguntaba ella; “¿por qué no permites que unamos nuestros cuerpos o, si te parece un deseo excesivo, que simplemente nos besemos?”, añadía él. Y así, entre piropos y lamentos llegaba la noche y los amantes tenían que separarse y regresar al interior de sus casas.

Un día decidieron engañar a sus guardianes y verse fuera de sus hogares, fuera de la ciudad, junto al sepulcro de Nino. A los pies de ese sepulcro había un árbol de frutos blancos. Era un moral. Al otro lado del sepulcro brotaba una fuente.

Tisbe engañó sin problemas a sus guardianes, llegó antes de lo convenido al moral y se sentó bajo el árbol a esperar a su amado Píramo. Pero mientras esperaba apareció una leona sedienta. Traía el hocico manchado de sangre de unos bueyes. Cuando Tisbe la vio, huyó de allí pero dejó caer sin darse cuenta su velo. La leona, una vez que hubo calmado su sed, jugueteó con el velo antes de volverse a internar en el bosque.

Cuando Píramo llegó junto al sepulcro de Nino no vio a su amada, pero sí su velo ensangrentado a los pies del moral. Se agachó a recogerlo y lamentó la desconocida suerte de su enamorada: “Mi dulce Tisbe. Yo te dije que vinieras hasta aquí. Al no llegar yo el primero he causado tu muerte. Justo es que muera yo también. ¡Oh leones o quienes quiera que hayáis devorado a mi amada, venid aquí y despedazadme, desgarrad mi cuerpo y comeos mis entrañas. No merezco vivir si Tisbe está muerta!” Llevó el velo hasta su boca y lo besó repetidamente. De pronto, mirando fijamente las manchas de sangre del velo, dijo: “Recibirás también mi sangre” y nada más hablar se clavó el puñal que llevaba en la cintura. Cayó de espaldas. La sangre que brotaba de la herida tiñó de negro los frutos blancos que estaban más cerca. También fue la causa de que, a través de la raíz humedecida, se tiñeran las restantes moras que colgaban de las ramas.

Entretanto, Tisbe había reunido fuerzas para volver junto al moral. Ya estaba cerca y creía reconocer el sepulcro y la fuente, pero el árbol no lo recordaba negro sino blanco. Dudaba si era ese el lugar acordado con Píramo. Se acercó. Fue entonces cuando vio en el suelo el cuerpo de su amado. Se arrojó sobre él y entre sollozos gritaba “¡Píramo, mi amado Píramo, escúchame. Soy Tisbe, mírame!” Mientras lo decía, colocó la cabeza del amante en su regazo. Al oír su voz, Píramo sólo tuvo fuerzas para dirigirle una última mirada y una ligera sonrisa. Tras ello, murió. Se fijó entonces Tisbe en el velo que sujetaba la mano derecha de Píramo. Cuando vio que era el suyo y que estaba lleno de sangre, se dio cuenta del malentendido. Píramo había confundido la sangre de la leona con la suya. “Tu amor por mí te llevó a matarte”, se lamentaba. “Esta sangre que tiñe el velo fue la que te perdió. Aunque así lo creíste, no era mía; ahora sí lo será. Mi mano también será fuerte; yo también te quiero. Seguiré tus pasos. La muerte no nos separará”. Así dijo y cogió el puñal aún caliente y antes de clavárselo se dirigió al moral: “Y tú, árbol que hasta hace un momento cubrías un solo cuerpo, ten compasión también de mí. Guarda en tus ramas nuestra muerte y produce siempre estos frutos negros, señal de luto por nosotros.”

Las últimas palabras de Tisbe fueron oídas por los dioses y también por sus padres. Aquellos hicieron que el moral mantuviera su nuevo aspecto, pues negro es el color del futo cuando madura, y estos quemaron sus cuerpos y guardaron sus restos en una única urna”.

Ovidio, Metamorfosis. IV, 55-166 (adaptación de Cristina Sánchez Martínez).

William Shakespeare, dramaturgo inglés que vivió entre los siglos XVI y XVII, se basó en este mito para escribir dos de sus obras: Romeo y Julieta (1595) y El sueño de una noche de verano (1595 ó 1596) obra en la que, utilizando el recurso de la metaliteratura, se representa esta historia, en el acto V, por un grupo de comediantes.

Mucho tiempo después, el 28 de abril de 1964, The Beatles, basándose en El sueño de una noche de verano, interpretaron una parodia de este mito en un programa de televisión llamado “Around The Beatles”. En ella, Paul McCartney interpreta a Píramo, John Lennon a Tisbe, George Harrison es el claro de luna y Ringo Starr el león.

Aunque la versión es la original en inglés, se puede seguir fácilmente.

Dos aventuras de Odiseo

En este sencillo cómic se recrean dos de las aventuras más famosas del héroe griego Odiseo: su encuentro con el cíclope Polifemo y el capítulo de las sirenas.

Para ver las imágenes en tamaño grande pulsa sobre ellas.

 

La Odisea y sus personajes

En esta sencilla presentación pretendemos hacer un repaso de la Odisea de Homero (siglo VIII a.C.) a través de sus personajes principales.

Sísifo

“Y vi a Sísifo, que soportaba pesados dolores, llevando una enorme piedra entre sus brazos. Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza le hacía volver una y otra vez y rodaba hacia la llanura la desvergonzada piedra. Sin embargo, él la empujaba de nuevo con los músculos en tensión y el sudor se deslizaba por sus miembros y el polvo caía de su cabeza.”

Homero. Odisea. XI, 593-600. (Trad. de José Luis Calvo).

Publicado en  on Octubre 31, 2008 at 6:24 pm Comentarios (9)
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Siringe

“En los helados montes de Arcadia, entre las hamadríades de Nonacris, hubo una náyade muy famosa, las ninfas la llamaban Siringe. Más de una vez ella había burlado a los sátiros que la perseguían y a cualquiera de los dioses que contiene el sombrío bosque y el fértil campo; rendía culto a la diosa Ortigia con sus aficiones y con la propia virginidad; también ceñida a la manera de Diana podría engañar y podría ser considerada la Latonia, si no fuera porque el arco de ésta era de cuerno y el de aquélla de oro; aun así engañaba. Cuando ella volvía de las colinas del Liceo la ve Pan y, con su cabeza ceñida por agudas hojas de pino, le dice las siguientes palabras:…” Le faltaba decir las palabras y que la ninfa, depreciadas las súplicas, había escapado por lugares intransitables, hasta que llegó junto a la tranquila corriente del arenoso Ladón: que aquí ella, al impedirle las aguas su carrera, rogó a sus transparentes hermanas que la transformaran y que Pan, cuando pensaba que ya se había apoderado de Siringe, agarraba las cañas de pantano en lugar del cuerpo de la ninfa, y, mientras suspiraba allí, los vientos movidos dentro de la caña produjeron un sonido suave y semejante a la queja; que el dios, cautivado por el arte nuevo y por la dulzura del sonido, había dicho: “permanecerá para mí este diálogo contigo”, y así, unidas entre sí cañas desiguales con juntura de cera, mantuvo el nombre de la doncella.

Ovidio, Metamorfosis, I, 689-712. Traducción de Consuelo Álvarez y Rosa Mª Iglesias.

Claude Debussy compuso, sobre este mito, la obra para flauta Syrinx en 1913 y el animador Ryan Larkin hizo un precioso cortometraje sobre la metamorfosis en 1965. El resultado es el magnífico vídeo que vemos a continuación. Que lo disfruten.

Publicado en  on Octubre 30, 2008 at 4:18 pm Comentarios (2)
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Dido abandonada

Halla a Eneas al fin, y “¡Cómo -exclama-
tal sinrazón imaginaste, pérfido,
poder disimular, y de mi tierra
alzarte en fuga sin decir palabra!
¿Qué? ¿no te detendrán ni el amor nuestro,
¿qué? ni la diestra que me diste un día,
ni la muerte cruel que espera a Dido?
¡Aparejar la flota en pleno invierno,
partir entre el bramido de aquilones!
¡cruel! Aun suponiendo que no fueses
a extraños campos de una patria ignota,
que en pie estuviese Troya, ¿Troya, dime,
habías de buscar por mar tan gruesa?
¿O es que me huyes a mí? ¡No, por mis lágrimas
por tu diestra -pues nada en mi desdicha
me he reservado sino sólo el llanto-,
por nuestro matrimonio y el que apenas
fue empezado himeneo, si es que pude
ganar tu gratitud, si hubo algo mío
que para ti fuera dulzura, atiende,
apiádate de un reino que se abisma,
y si queda un resquicio para el ruego,
cambia, cambia de idea, te suplico!
Por ti me expuse al odio de los Libios,
al de los reyes nómadas, y tengo
hasta mis propios Tirios lastimosos…
Por ti, sólo por ti, dejé morirse
el pudor y la fama, única vía
que me abría los cielos… Moribunda
me dejas, huésped mío -¡que este nombre
es todo cuanto queda del de esposo!-
y ¿para quién? ¿qué espero en esta vida?
¿que se abalance Pigmalión mi hermano
a arrasar mi ciudad? ¿o que a Getulia
me arrastre Yarbas prisionera? ¡Ah, si antes
de tu fuga quedárame la prenda
de un fruto de tu amor, si en el palacio
viese jugar a un pequeñuelo Eneas,
que fuese lo que tú, de rostro al menos,
mi engaño y mi traición no así llorara!…”

Virgilio. Eneida, IV, 432-471. Traducción de Aurelio Espinosa Pólit.

Publicado en  on Octubre 16, 2008 at 4:15 pm Dejar un comentario
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Loreena Mckennitt y Penélope

Tema dedicado a Penélope, esposa de Odiseo, y a su interminable espera. El concierto tuvo lugar en la Alhambra de Granada. Penelope’s song.

Now that the time has come
Soon gone is the day
There upon some distant shore
You’ll hear me say

Long as the day in the summer time
Deep as the wine-dark sea
I’ll keep your heart with mine
Till you come to me

There like a bird I’d fly
High through the air
Reaching for the sun’s full rays
Only to find you there

And in the night when our dreams are still
Or when the wind calls free
I’ll keep your heart with mine
Till you come to me

Now that the time has come
Soon gone is the day
There upon some distant shore
You’ll hear me say

Long as the day in the summer time
Deep as the wine-dark sea
I’ll keep your heart with mine.
Till you come to me

Medea de Eurípides

Poeta del siglo V a.C., Eurípides pone en boca de Medea una queja que, leída con el tiempo y teniendo en cuenta la misoginia de la sociedad griega de la época, suena muy moderna. Sobre todo si tenemos en cuenta que el autor de la obra era un hombre.

De todas las criaturas que tienen mente y alma
no hay especie más mísera que la de las mujeres.
Primero han de acopiar dinero con que compren
un marido que en amo se torne de sus cuerpos,
lo cual es ya la cosa más dolorosa que hay.
Y en ello es capital el hecho de que sea
buena o mala la compra, porque honroso el divorcio
no es para las mujeres ni el rehuir al cónyuge.
Llega una, pues, a nuevas leyes y usos y debe
trocarse en adivina, pues nada de soltera
aprendió sobre cómo con su esposo portarse.
Si, tras tantos esfuerzos, se aviene el hombre y no
protesta contra el yugo, vida envidiable es ésta;
pero, si tal no ocurre, morirse vale más.
El varón, si se aburre de estar con la familia,
en la calle al hastío de su humor pone fin;
nosotras nadie más a quien mirar tenemos.
Y dicen que vivimos en casa una existencia
segura mientras ellos con la lanza combaten,
mas sin razón: tres veces formar con el escudo
preferiría yo antes que parir una sola.
Pero el mismo lenguaje no me cuadra que a ti:
tienes esta ciudad, la casa de tus padres,
los goces de la vida, trato con los amigos,
y en cambio yo el ultraje padezco de mi esposo,
que de mi tierra bárbara me raptó, abandonada,
sin patria, madre, hermanos, parientes en los cuales
pudiera echar el ancla frente a tal infortunio.

Publicado en  on Abril 13, 2008 at 4:07 pm Dejar un comentario
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Caronte

Un horrendo barquero cuida de estas aguas y de los ríos, Caronte, de suciedad terrible, a quien una larga canicie descuidada sobre el mentón, fijas llamas son sus ojos, sucio cuelga, anudado de sus hombros el manto. Él con su mano empuja una barca con la pértiga y gobierna las velas y transporta a los muertos en esquife herrumbroso, anciano ya, pero con la vejez cruda y verde de un dios.

Virgilio, Eneida. VI, 299-304. Madrid, 1998 (Trad. Rafael Fontán Barreiro)